jueves, 19 de abril de 2007

LO QUE VENÍA


Hace algo más de diez años, doce diría, que tuve mi primera cuenta de mail. Pocos meses antes había mandado una carta a EE.UU. cuya respuesta me llegó como un mes después... y era lo normal, algo acostumbrado. Pronto caí en la cuenta de que algo se estaba modificando, que aunque los contactos fueran pocos, poquísimos, la internet aún inexistente en el país iba a modificar la vida de todos. Enviar un mensaje al mismo y lejano destino y recibir minutos (sí, minutos!) después la respuesta era algo casi mágico. Y útil.
Hoy no puedo concebir la comunicación sin esta herramienta fantástica. Tengo la suerte de haber experimentado el correo tradicional; sé hacer un sobre, mandar una carta, pegar una estampilla y puedo establecer diálogos con personas cara a cara o telefónicamente sin extrañar los emoticones.... O sea, si colapsa el sistema energético o la red nacional, lo que fuera que pase, podré volver a los orígenes sin traumas aunque extrañe todo esto.
Hice amigos a los que jamás vi personalmente por vivir en el extranjero, intercambié opiniones apasionadamente como si estuviera en el bar de la esquina con personas desconocidas y distantes geograficamente, y hasta tuve algún que otro romance a la distancia y alguno más palpable, cercano, total.
Pensar en aquellos años en hacer o tener una página web era algo lejano, reservado para técnicos especializados y nerds. Desde hace un tiempo la internet se democratizó, puso al alcance de todos las herramientas para expresarnos como se nos cante. A cada uno le sale como le sale y sin pretenciones de cambiar nada, más que este tiempo muerto que trato de revivir tipeando, verbalizando una idea, modesta sin estridencias, pongo estas líneas entre tantas otras que inundan el ciberespacio, como quien arroja un mensaje en una botella.
¿El mensaje? No lo busquen. No se gasten...
Salud!

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